Yo también fui un niño de la banda Oriental, alimentado en
base a guisos, pucheros, asados, churrascos y sopas. Iba llenito a la escuela de Varela, con la
moña azul, en la época que los niños íbamos pateando de rodillas raspadas, cuando el no era no, cuando
los pibes que se aburrían solo se aburrían y no significaba que fueran Einstein
o que tengan que tomar ritalina, cuando escribíamos en los cuadernos grises con Artigas en la tapa. Antes de arrancar nos obligaban a comer todo el plato, a
tomar toda la sopa, a no dejar ni las migas. Las excusas para obligarnos
a la finalización conformaban un amplio espectro, de los que la empatía que debíamos
sentir por los niños del África subsahariana era el más trillado.
Ésta última me confundía.. y mucho, yo almorzaba con el
televisor prendido, viendo el informativo y cada dos policiales y algún reclamo
sindical aparecía ahí una guerra en Sudán, una hambruna en Sierra Leona, un
genocidio en Ruanda.. y ahí estaban los niños negros, sus kwashiorkor, sus
moscas revoloteando en los campos gravitacionales de sus panzas edematosas, su
piernas flacas y los ojos saltones de tristeza.
Yo siempre retrucaba “los niños
de África no comen porque yo me como todo el plato”.

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